XEL-HÁ


En mitad de un calendario cargado de visitas a ciudades, playas y ruinas, Xel-Há y Xcaret vinieron a aportar un toque diferente a la agenda viajera por la Península de Yucatán. Desprestigiadas por los mochileros más puristas, las visitas a lugares completamente turísticos son necesarias en aras de obtener una imagen lo más insesgada posible de la zona. Estos ecoparques combinan por igual ocio y descanso con cultura y naturaleza, contentando así a un amplio rango de visitantes y justificando el alto precio de las entradas.


Destacado puerto comercial en la época maya, en la actualidad Xel-Há es un ecoparque situado alrededor de una espectacular caleta, en la que varios pequeños ríos van a desembocar al mar. Esta confluencia de agua dulce y salada supone el hábitat perfecto para decenas de especies de fauna acuática, que son, junto a los pequeños mamíferos, aves y reptiles (no podían faltar las iguanas) que frecuentan los humedales cercanos, los verdaderos protagonistas del parque. Las instalaciones y organización son excelentes, incluyendo multitud de servicios que permiten disfrutar de los encantos del parque sin preocuparse absolutamente de nada. Los visitantes disponen de consigna donde guardar sus objetos personales, servicios, duchas, toallas, tumbonas, hamacas, chalecos salvavidas, equipo de esnórquel y un sinfín más de comodidades. La entrada da derecho también a hacer uso de los diferentes restaurantes temáticos y las barras de bebidas sin ningún tipo de limitación, zonas estas amenizadas por las repetitivas fanfarrias de los simpáticos músicos del lugar.


Las actividades que se pueden desarrollar en Xel-Há son variadas, casi todas relacionadas con el agua. Desde las más sencillas como observar peces desde la cristalera submarina de un barco, alimentarlos desde algunos puentes o recorrer los kilómetros de senderos en bicicleta, hasta las más movidas como las ruedas neumáticas, las tirolinas o los saltos desde rocas elevadas, pasando por supuesto por el esnórquel, actividad estrella del parque.


También es posible desmarcarse y perderse por algunas zonas de los alrededores. Unos de los múltiples senderos cubiertos de vegetación desemboca en un claro, donde patos y coatíes beben de un enorme cenote mientras algunos visitantes asombrados los rodean y observan a escasos dos metros de separación, si interferir los unos con los otros. Es un placer pasar el día investigando las cuevas y recovecos de los laterales de la caleta con el equipo de esnórquel, lanzarse a los cenotes impulsándose desde una liana o descubrir la rocosa playa del final, todo ello con contínuas visitas a los restaurantes y las hamacas para hidratarse y reponer fuerzas.


Como aspectos negativos pueden citarse lo pequeño del delfinario y la costumbre, endémica en toda la Riviera Maya, de usar sin consideración animales (en este caso guacamayos) para fotografiarse con turistas. Dos detalles que un parque ecológico y que se autodenomina socialmente responsable no debería permitir.


En cualquier caso, y a modo de conclusión, Xel-Há es una experiencia única e inigualable, combinando con destreza actividades físicas al aire libre con descanso y relax, habiéndome hecho disfrutar como hacía años que no lo hacía y permitiéndome pasar uno de los días más divertidos desde que llegué a tierras mexicanas.

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