CÁCERES


Llevo un considerable retraso en escribir mis aventuras nacionales e internacionales, con lo que he tenido la idea de ir intercalando entradas del otoño con las del invierno de 2020. En mi última entrada estuve hablando sobre una de mis estancias en Matalascañas y mis escapadas por los alrededores; concretamente, El Rompido. Toca ahora hablar de mi viaje a Salamanca, empezando por mi primera parada de la ida, es decir, Cáceres. Cuatro horas y medias y más de cuatrocientos cincuenta kilómetros indicaban que tocaba una parada; concretamente cerca de la plaza de toros. En marcha dirección centro hasta la, digamos que triangular, Plaza de la Concepción. Paré a comer en Los Pecados de María, un restaurante de comida casera puntuado con un "bien". Y cuando voy a pagar resulta que no admiten tarjeta, diciéndome el dueño que no me preocupara, que no pagara y ya está. Pero yo, sin la misma contundencia pero con la misma seguridad, respondí como Terminator: "volveré". Entre que me quedaba sin luz tanto para fotografiar como para conducir, y que cerraban a las 16:30, toda mi visita se ordenó en mi mente con el típico reparto de ventanas y sonido del segundero de la serie "24". Por la misma calle se llega a la Plaza Mayor y, lejos de cruzarla para entrar a la parte más antigua de Cáceres por el Arco de la Estrella, fui por los soportales a la derecha. En vista de que la Calle Pintores es la típica de franquicias, di la vuelta por la tranquila y bonita Plaza de San Juan. Había mucha gente en los bares y cafeterías pasando la sobremesa con copas, cervezas y... tabaco. A estas últimas era a las únicas que veía, pues diciembre no era tiempo para exteriores mas que para enganchados y, sobre todo, enganchadas. Por el laterial del ayuntamiento subí las escaleras hasta la Plaza de la Piñuela. Fui entre callejones y murallas por aquella histórica y elevada zona de la ciudad. La rodeaba por el sur parándome a hacer fotografías a torres, esculturas e iglesias hasta hacer también parada frente al restaurante/tapería Alma de Sabor. Desde allí me gutaron las vistas campestres de las afueras de tan pequeña ciudad. Aunque ese restaurante está en un edificio de hará 70 u 80 años, resulta reciente para los siglos de historia de la mayoría de los demás. Poco después está la Plaza de San Jorge, en la que se encuentra la Iglesa de San Francisco Javier, sorprendiéndome su tamaño entre tantas estrecheces. El Jardín de Cristina de Ullóa me hizo venir a la cabeza y hacer paralelismo con otror más famoso que vería unos días después. Cuando llegué de nuevo al Arco de la Estrella, esta vez por detrás, lo atravesé para bajar la escalinata junto a la Torre Bujaco. La Plaza Mayor estaba más activa con los puestos del mercadillo navideño comenzando a abrir. Miré el reloj y decidí meterme de nuevo en los callejones, esta vez por la parte noreste, sobre todo por la Plazuela de Santiago y alrededores. Terminé preguntando por mi banco, sacando dinero, corriendo para la Calle General Ezponda y pagando por fin en el restaurante, recibiendo unas gracias que salían de una boca abierta. Fotografía: https://www.flickr.com/photos/alvaromartinfotografia/albums/72157717253127131 Página web: http://www.alvaromartinfotografia.com

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